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La gente de las cofradías, vestidos con sus respectivas ropas, las figuras religiosas y centenares de habitantes abarrotaban la iglesia del pueblo para resguardarse del mal tiempo, y es que la lluvia y el frío estuvieron presentes el día de Viernes Santo en la pequeña localidad Navarra de Lumbier.
‘¿Saldrán o no saldrán?’, esa fue la pregunta más formulada aquella tarde invernal. En la calle no se veían más que paraguas abiertos y grupos de personas bajo las tejavanas de las casas más cercanas. En el interior de la iglesia, los niños, de la mano de sus padres, miraban atónitos aquellas enormes y brillantes figuras, mientras que gran parte de la gente descansaba en los bancos con una mirada triste y esperanzada.
En esos momentos, el ambiente era tenso y se respiraba nerviosismo, pero todo dio un vuelco repentino cuando un hombre vestido con una larga túnica negra entró aireando los brazos diciendo: ‘¡No llueve una gota!’. En ese mismo instante la gente salió a tropel hacia la calle para lograr la primera fila y tener una buena vista de lo que iba a ser la celebración de la resurrección del señor.
Segundos más tarde, la orquesta que había estado frente a la iglesia durante el temporal comenzó a tocar sus instrumentos provocando caras de júbilo y alegría en sus vecinos. A su vez, pudo verse en la puerta de la iglesia la alta figura de la Cruz de la Trinidad, que avanzaba rápidamente hacia las escaleras y se balanceaba hacia los lados sobre los hombros de ocho cofrades. A ésta le siguieron el Cristo con la Cruz, la Virgen María y el Cristo en el ataúd.
Se aproximaba el momento cumbre de la procesión, momento en el que la figura de La Soledad, que cerraba la celebración, iba a hacer aparición, cuando se comenzaron a escuchar de nuevo los chasquidos de los paraguas abriéndose. La música cesó de repente. ‘No puede ser’, exclamó una señora. ‘Por Dios que aguante un poco más’, rogó el señor que la acompañaba.
Y en la lejanía apareció una nueva figura, una distinta a las demás, más grande, más cuidada, más brillante y cubierta con terciopelo. Esta obra de arte, al contrario que las otras, no se encaminó hacia las escaleras, sino que se detuvo posándose bajo el techo que cubría la entrada a la iglesia. ‘Ésta no sale porque tiene un gran valor histórico y monetario’, afirmó una mujer en tono melancólico.
Mientras tanto, una multitud de gente corría hacia la espectacular figura con sus cámaras en la mano, y es que, a pesar de todo, puede decirse que aquella tarde el poder de la fe logró ganar al mal tiempo.
Autor: Garazi García Trespaderne
Categorías: Noticias de estudiantes de la Facultad de Ciencias Sociales y de la Comunicación UPV-EHU
Tags: procesion lumbier viernessanto
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